CRÍTICA / CINE Y TV / SAGA
Harry Potter: La Herejía de no ser Fan y el Engañabobos Millonario
Una mirada cáustica a la franquicia mágica que se apoderó del mundo.
Por Benjamin Gavarre
Hablar de la hiper-franquicia cinematográfica de Harry Potter hoy en día se siente como cometer una absoluta herejía, especialmente si uno no es un acólito devoto de este culto masivo que se ha apoderado de varias generaciones. Hace años, me encontraba en un lejano país, en lo que antes era el reino de Siam, buscando un momento de paz en un templo dedicado a la adoración a Buda. Las ironías del destino me cruzaron con un viejo amigo y su acompañante, una fanática empedernida que, al enterarse de que yo había estudiado letras, me presumió un tomo gigantesco del niño mago como si acabara de descubrir la pólvora literaria. Para alguien educado con la pluma de Oscar Wilde, las tragedias de William Shakespeare, la agudeza de Sor Juana Inés de la Cruz, el terror psicológico de Edgar Allan Poe o los laberintos de Julio Cortázar, escuchar que la obra magna de la humanidad trataba sobre un huérfano volando en escobas fue desconcertante. Esta ceguera voluntaria de sus seguidores, que asumen que no hay nada más allá de las paredes de su castillo mágico, es quizá el primer gran truco de ilusionismo de la saga.
Eventualmente, por azares del destino y gracias a una tragedia de plomería que me obligó a quedarme encerrado en casa, me topé con un maratón completo en HBO y me enfrenté a la bestia. Desde los primeros minutos del primer largometraje es evidente que estamos ante un revoltijo comercial sumamente astuto: una amalgama de cuentos de hadas robados, mitología celta diluida, brujería de manual de autoayuda y fenómenos extrasensoriales, todo empaquetado con una carga emocional de reacciones previsibles, forzadas y un tanto falsas. Nuestro protagonista, interpretado por Daniel Radcliffe y sus irritables e inseparables lentes de aro redondo estilo John Lennon, no es desagradable en sí, pero está rodeado de arquetipos que cansan rápido. A su lado tenemos al amigo pelirrojo, Ron Weasley (Rupert Grint), que durante ocho películas mantiene una expresión de pánico perenne, como si tuviera una inaguantable urgencia de ir al baño. Completa la trinidad Hermione Granger (Emma Watson), el estereotipo andante de la sabelotodo insufrible que, afortunadamente, con los años fue refinando su gracia actoral mientras su personaje seguía resolviendo todos los problemas de los inútiles varones que la acompañaban. Todo esto tras escapar de los clásicos padres adoptivos caricaturizados al extremo de la crueldad, los infames Dursley.
La historia nos transporta rápidamente a Hogwarts, la academia de magia y hechicería. Técnicamente, aquí es donde hasta la crítica más snob tiene que quitarse el sombrero. El diseño de producción de Stuart Craig, utilizando locaciones reales y espectaculares como el Castillo de Alnwick, la Catedral de Gloucester y los comedores de la Universidad de Oxford, dota a la serie de un aire innegablemente aristocrático y profundamente inglés. Es el sueño húmedo del esnobismo británico empaquetado para las masas globales. Los efectos especiales, respaldados por los infinitos millones de Warner Bros., fueron deslumbrantes en su época. Esas icónicas pinturas animadas que adornaban los pasillos y escaleras del castillo prefiguraron, de manera casi profética, nuestra actual dependencia de los GIFs; hoy en día, esas imágenes que alguna vez fueron una conmoción tecnológica son algo familiar que todos tenemos en la palma de la mano en nuestro smartphone.
Si hay algo que sostiene a este pastiche de lugares comunes y evita que se hunda bajo su propio peso, es su impecable y legendario departamento de casting, especialmente en el bando de los villanos. Tenemos a Severus Snape, ese profesor de pociones con aspecto de monje siniestro y cabello relamido que cobró una vida fascinante, torturada y trágica gracias al inmenso talento del fallecido Alan Rickman. Por el lado de la aristocracia oscura de "sangre pura", los Malfoy (encabezados por el rubio platinado Lucius, interpretado por Jason Isaacs) cumplen su función a la perfección. Pero hablemos del gran antagonista: Lord Voldemort. Interpretado magistralmente por Ralph Fiennes, este psicópata que esparce su alma en siete fragmentos (los famosos Horrocruxes) aterra a la audiencia infantil, aunque a nivel técnico, su rostro en post-producción a veces luce extraño, con un difuminado CGI en la zona de la nariz ausente que parece más una mancha en la lente del director que verdadera magia oscura. Y por supuesto, está Dolores Umbridge (Imelda Staunton), una burócrata vestida de rosa intenso con la actitud pasivo-agresiva de una Pati Chapoy demoníaca. Su método de tortura escolar, obligando a Harry a escribir "No debo decir mentiras" mientras las letras se graban en su propia sangre, es de un sadismo que seguramente traumó a más de un niño en la sala de cine. Ver cómo una horda de centauros finalmente se la lleva al oscuro bosque es uno de los placeres más catárticos y aplaudidos que ofrece la franquicia. Todo esto bajo la mirada benevolente de Albus Dumbledore, un hechicero que funciona como un Merlín reciclado para el siglo XX y XXI.
A pesar de estos grandes aciertos visuales y actorales, el guion abusa de fórmulas y cantinelas que rayan en lo nauseabundo. La insistencia enfermiza de que "te pareces a tu padre, pero tienes los ojos de tu madre" se repite ad nauseam, convirtiéndose en un eco insoportable. Harry es tratado constantemente como un mesías descendido del cielo literario, el prodigio que recibe todas las recompensas, salva siempre a sus amigos y se enfrenta al mal absoluto. Resulta además tremendamente irónico que esta serie, que predica que los mestizos ("sangre sucia") son tan valiosos como cualquier otro y que la pureza de sangre es un mal fascista, provenga de una escritora que hoy se encuentra envuelta en polémicas mundiales. La otrora intocable millonaria J.K. Rowling se ha convertido en una figura odiosa para gran parte de sus antiguos devotos debido a sus constantes y estridentes comentarios transfóbicos en redes sociales.
Ver a los actores crecer en pantalla, al estilo de un experimento antropológico prolongado a través de diferentes directores (desde la maravilla infantil de Chris Columbus, pasando por la oscuridad genial de Alfonso Cuarón, hasta la burocracia visual de David Yates), es fascinante. El contraste físico se vuelve cómico: el pelirrojo asustadizo saca músculos de gimnasio para compensar su actitud compungida, mientras Daniel Radcliffe se mantiene estoicamente delgado, cargando con el peso del mundo mágico y de la fama global. No es un secreto que el aplastante estrés de la maquinaria de Hollywood provocó que Radcliffe sufriera crisis severas, empujándolo a buscar la redención artística en proyectos teatrales como Equus. Allí, por fin pudimos verlo liberado, mostrando su enorme talento actoral (y su anatomía completa) muy lejos del estigma y, sobre todo, libre de esos malditos anteojos redondos.
Cuando finalmente llegamos al clímax en las últimas entregas, el espectáculo visual es indudablemente portentoso. La épica batalla entre el supervillano de la nariz difuminada y el joven de la cicatriz cumple su función de blockbúster. El desenlace, donde Harry muere temporalmente para regresar triunfante, no es otra cosa que un reciclaje directo del monomito y "El héroe de las mil caras" de Joseph Campbell. El protagonista debe trascender la muerte para adquirir proporciones divinas y derrotar a la oscuridad. Todo esto sirve perfectamente para alimentar la verdadera magia de la serie: la venta multimillonaria de toneladas de parafernalia, desde varitas de plástico sobrevaloradas y bufandas, hasta la música de John Williams y tazas de café.
Al final del día, es completamente comprensible que la crítica seria y un cinéfilo exigente encuentren a Harry Potter lleno de gestos de cartón, actuaciones infantiles predecibles y un revoltijo de mitos empaquetados en celofán. La saga jamás alcanzará el complejo, visceral y maravilloso nivel narrativo de las grandes obras de fantasía o de la política maquiavélica de series como Game of Thrones (al menos en sus buenas temporadas), donde la calidad actoral no descansaba en estereotipos y varitas mágicas. Harry Potter no es la obra de arte definitiva que mi ex amigo en Tailandia juraba que era, pero sí es un hito monumental del cine industrial. Es un entretenimiento engañabobos, visualmente exquisito e ideal para pasar una larga tarde de maratón sin pensar mucho... especialmente si el drenaje de tu casa se descompuso y no tienes otra opción.
