sábado, 17 de octubre de 2026

Better Call Saul: La épica de la cucaracha, las fisuras del sistema y la tragedia de no poder ser bueno.

 Cine Debate Crítica • Televisión Contemporánea

Better Call Saul: La épica de la cucaracha, las fisuras del sistema y la tragedia de no poder ser bueno

Por Benjamín Gavarre | cinedebatecritica.com

De Slippin' Jimmy a Saul Goodman: el buscavidas que encontró su ecosistema en las grietas del sueño americano.

Existe un prejuicio legítimo frente a las secuelas y los spin-offs: casi siempre nacen como subproductos menores diseñados para exprimir el éxito de una obra mayor. Después del sabor inmejorable que dejó un monumento dramático como Breaking Bad, asomarse a Better Call Saul provocaba una resistencia natural. Más aún cuando su protagonista era ese abogado estridente, cínico y por momentos francamente desagradable que servía de alivio cómico y facilitador criminal en la serie original. Costaba trabajo entrar en su mundo y requería más de un intento. Sin embargo, a lo largo de sus seis temporadas y 63 episodios transmitidos entre 2015 y 2022, Vince Gilligan y Peter Gould lograron un milagro dramático al invertir por completo la premisa de su obra anterior: si Walter White era un hombre aparentemente respetable que ansiaba convertirse en monstruo, Jimmy McGill era un estafador de buen fondo que intentaba desesperadamente ser aceptado por la gente "decente", pero a quien el propio sistema —y el desprecio de su hermano mayor, Chuck— empujaba una y otra vez de vuelta al lodo. Aquel hombre que al principio nos repelía termina por caernos bien y, más aún, acaba por conmovernos hasta la médula en toda su pobreza humana y en su dolorosa incapacidad para superar sus propios defectos.

El delirio del superviviente: "Anoche sí era Kevin Costner"

A diferencia de la explosión química de Walter White, la historia de Jimmy McGill —antes de enfundarse en los trajes chillones de Saul Goodman, interpretado con maestría absoluta por Bob Odenkirk— es la crónica de un ser delirante, patético, ruin y al mismo tiempo prodigiosamente creativo. Es el eterno buscavidas apodado Slippin' Jimmy, un hombre capaz de fabricar dinero de la nada o de ayudar con genuina ternura a los ancianos de un asilo, pero condenado a sabotearse a sí mismo.

Nada define mejor su patetismo audaz que aquella famosa broma que nació como una línea suelta en Breaking Bad —cuando aseguraba que una vez convenció a una mujer de que él era Kevin Costner simplemente porque él mismo se lo creyó— y que Better Call Saul convierte en una escena memorable en el cierre de su primera temporada ("Marco"). Tras una noche de borrachera, la mujer lo mira a la luz del día y le reclama furiosa que él no es el galán de Hollywood; lejos de achicarse, este hombre que se sabe la versión desangelada y fea del actor le responde con todo el descaro del mundo: "¡Anoche sí lo era!". Es exactamente ahí donde el espectador baja la guardia y se reconoce en él: porque frente a los monstruos fríos del crimen o la soberbia de las élites triunfadoras, Jimmy encarna nuestras propias flaquezas, la necesidad urgente de aprobación y el terror al fracaso.

La cucaracha en las grietas del sistema estadounidense

Aunque la trama conecta en momentos precisos con la serie madre y recupera a figuras fundamentales de aquel universo —como el imperturbable Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks), el calculador Gus Fring (Giancarlo Esposito) o la sanguinaria familia Salamanca—, la obra posee una personalidad estética y moral completamente propia, sostenida por el vínculo luminoso y trágico del protagonista con Kim Wexler (Rhea Seehorn).

El gran tema de fondo es cómo el instinto de supervivencia de un marginal desnuda la podredumbre de un país tan enloquecido y corrupto como Estados Unidos. Aquí no existen "los buenos": la alta abogacía corporativa es tan despiadada e hipócrita como el cártel, solo que vestida de etiqueta. El sistema legal y económico está plagado de fisuras, y es en esas grietas donde una "cucaracha" ingeniosa como Saul encuentra su ecosistema ideal. Nadie más que él podría convertir la venta callejera de teléfonos celulares desechables en una red de comunicaciones criminales a plena luz del día, o aprovechar los horarios muertos de las tres de la madrugada en la televisión local para anunciar sus pésimos —o sorprendentemente brillantes— servicios legales. Sus métodos son circenses y tramposos, pero funcionan porque el propio sueño americano opera como una gran estafa.

Cuando ya nada funciona: El desplome final y la paradoja del éxito

La tragedia de Saul Goodman es que todo le funciona de maravilla hasta que, inevitablemente, ya nada le funciona. En sus episodios finales, filmados en un desolador blanco y negro que ocurre después de los eventos de Breaking Bad, vemos al abogado camaleónico reducido a un fantasma gris bajo la identidad falsa de Gene Takavic, horneando roles de canela en un centro comercial nevado de Nebraska. Incapaz de contener su naturaleza compulsiva de estafador, vuelve a las andadas hasta ser descubierto por una anciana —interpretada por la legendaria Carol Burnett— y termina capturado por la policía.

Incluso en el abismo, su instinto de cucaracha indestructible parece triunfar una última vez: en una negociación magistral con los fiscales federales, logra reducir una condena perpetua a unos ridículos siete años y medio en una prisión de lujo. Sin embargo, en el episodio final ("Saul Gone"), al enterarse de que Kim Wexler tuvo la valentía moral de confesar sus culpas pasadas, Jimmy toma la decisión más grande de su vida. En pleno tribunal, sabotea su propio acuerdo, confiesa todos sus crímenes así como su peso en el suicidio de su hermano, entierra para siempre el disfraz grotesco de Saul Goodman para recuperar su verdadero nombre —James McGill— y acepta una condena de 86 años en una penitenciaría de máxima seguridad. Termina desplomado y encerrado de por vida, pero redimido en su dignidad humana ante los ojos de la única persona que amó.

Resulta profundamente irónico que el destino de la serie en la industria televisiva haya sido un espejo exacto de la vida de su protagonista. Así como Jimmy McGill nunca fue aceptado por el establishment de los abogados de élite a pesar de su brillantez, Better Call Saul protagonizó una de las paradojas estadísticas más insólitas en la historia de la televisión: pese a alcanzar un asombroso 98% de aprobación crítica en portales como Rotten Tomatoes y arrasar en galardones de prestigio como los premios Peabody y los Critics' Choice Awards, acumuló un récord histórico de 53 nominaciones a los premios Emmy sin ganar ni una sola estatuilla. Quizá a esta obra le faltó apenas un milímetro para ser considerada una obra maestra absoluta solo por no haber nacido como una pieza autónoma, sino a la sombra de un gigante; pero esa injusticia de la Academia no hace más que confirmar su grandeza: la de una joya rebelde, conmovedora y profundamente humana que brilló desde los márgenes del sistema.

Crítica y análisis: Benjamín Gavarre • Publicado en cinedebatecritica.com

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