domingo, 27 de septiembre de 2026

EL PÚBLICO NO SE MERECE LA BASURA QUE HACEN EN TELEVISA. QUÉ NOS PASA.

 


¿Qué nos pasa?: La genialidad histriónica atrapada en la televisión del rezago

Es una rareza en cinedebatecritica.com dedicar espacio a la televisión abierta mexicana del siglo pasado. Quienes venimos de una formación universitaria y pasamos el tiempo desmenuzando textos dramáticos, puestas en escena y comedias de altos vuelos, solemos mirar con justificado desdén aquellas producciones. Sin embargo, un reciente y accidental reencuentro frente a la pantalla —con una imagen distorsionada y pixeleada por las infames retransmisiones en canales de cable— obliga a reevaluar un producto televisivo específico: ¿Qué nos pasa?, protagonizado por el excepcional Héctor Suárez.

Para entender este programa, hay que situarse en su contexto. La televisión comercial mexicana estaba dominada por la filosofía de Emilio Azcárraga Milmo, quien sin pudor alguno declaraba que su obligación era hacer televisión para entretener a una clase "muy jodida". Bajo esa premisa, guionistas y productores construían barras de comedia basándose en libretos predecibles, machistas, homófobos y de una pobreza estructural incalificable. Si los dueños de la televisora justificaban su mediocridad llamando a su público "jodido", es inevitable concluir que los verdaderos dueños de una miopía intelectual insalvable eran ellos mismos, al ofrecer como único alimento el estiércol audiovisual.

El oasis en medio del desastre argumental

Es en este lodo donde brilla el enorme talento de Héctor Suárez. Sus programas intentaban ser una crítica de las maniobras cotidianas en el entonces Distrito Federal —la corrupción policial, los trámites absurdos, los índices IMECA para la contaminación o los seguros de auto—, pero los guiones caían frecuentemente en las mismas trampas que pretendían evidenciar. Abundan escenas impresentables, como aquella donde un carnicero acosa con albures a un cliente homosexual, demostrando que la intención crítica muchas veces terminaba engullida por el mismo machismo y la falta de tacto de la época.

A pesar de contar con libretos que hoy ni una inteligencia artificial básica daría por buenos sin alertar de su estupidez, la capacidad histriónica de Suárez rescataba el naufragio. La verdadera joya de ¿Qué nos pasa? no está en la solidez del texto, sino en la herramienta vital de un gran actor: la improvisación pura.

Un elenco que sostenía "el teatrito"

En pantalla, la frescura de las interacciones salvaba las fallas de origen. Ahí podemos ver a un jovencísimo Arath de la Torre haciendo sus primeros pininos —recordado por dar vida al hijo de la icónica Doña Zoila— con una gracia natural que conservó por años. Destaca también la participación de la hija del protagonista, Julieta Suárez Gomís, con quien Héctor tenía una confianza escénica absoluta, repartiendo bolsazos mientras todo el equipo de producción luchaba por contener la risa. Esa autenticidad, esas carcajadas reales a punto de tirar "el teatrito" frente a las cámaras, hacen que el rescate de estos fragmentos valga la pena.

Los invitados jugaban un rol igualmente peculiar. Desde un Eugenio Derbez vestido de Blancanieves —mucho antes de convertirse en la figura hipercomercial y deleznable en la que derivó— hasta un César Costa perpetuamente joven, intentando controlar las mareas de albures e improvisaciones del actor principal.

La rebelión, los jerarcas y el veto

Resulta fascinante, y responde a la duda histórica sobre sus productores, preguntarse cómo fue posible que Héctor Suárez lograra introducir críticas al sistema dentro de una empresa con patrones tan reacios a la reflexión. La realidad es que el comediante fue siempre una voz incómoda para los productores (como Humberto Navarro en su primera etapa de los ochenta) y, en última instancia, para la misma dinastía Azcárraga.

Suárez no se dejaba doblegar. Su constante crítica social y su exigencia creativa generaron fricciones insostenibles con los dueños de Televisa. Efectivamente, estas tensiones terminaron no solo en su salida de la televisora, sino en un sonado y prolongado veto laboral que el propio actor denunció públicamente durante muchos años, acusando a la empresa de cerrarle las puertas por atreverse a exigir una televisión inteligente, analítica y valiente.

Hoy, en 2026, los problemas que Suárez señalaba siguen intactos, si no es que agravados por la violencia y el cinismo político. ¿Qué nos pasa? sigue siendo una pregunta dolorosamente vigente. Valga este guiño para quien quiera asomarse, a pesar de la espantosa calidad de imagen de sus repeticiones, a la huella de un histrión extraordinario que logró hacer arte en medio de la peor televisión concebible.


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